DESEO: nuestra generación no ama. Nuestra generación desea

A lo largo de los años he entendido que nuestra generación es incapaz de acomodarse al amor tal y como nuestros padres o hermanos mayores lo han entendido desde siempre. No siento pena, ni tan siquiera una excesiva curiosidad por saber cómo es el amor tradicional, aquel amor que quiere y pide boda, casa y niños.

Conste que no critico a aquellas personas que aplican lo anterior a sus vidas pero es de justicia reconocer que, en muchos casos, cuando algo así se da en nuestra generación es más por tradición y de cara a la galería, que por deseo o amor.

 

 

Yo entendí desde muy joven que nuestra generación se vería abocada a tener relaciones, unas detrás de otras. A aprender de todas ellas, a exprimir durante un tiempo la mente y el cuerpo de la persona que estaba cono nosotros, a vivir experiencias diferentes que nos hicieran más completos… eso sí, más completos como personas individuales.

 

“No tengáis miedo a desear. No tengáis miedo a empezar algo sabiendo que puede terminar.”

 

En general considero que he tenido suerte en el amor. He conocido a maravillosas personas (algunas de ellas aún forman parte de mi vida) personas que durante un tiempo me enseñaron a vivir de alguna u otra determinada forma. Personas a las que yo enseñé a vivir también. Durante un espacio de tiempo (años, meses…) nuestros universos chocaron para iniciar lo que yo siempre he llamado “el eclipse” (sí, lo he tomado de la película de Antonioni).

 

 

¿Qué es para mí “un eclipse”? Es esa historia de amor que durante un tiempo nos descoloca, nos mueve, nos hace sentir, nos hace admirar, nos hace estremecer, nos hace temblar, nos hace enfadar, nos hace dudar… Y luego de todo aquello (entendiendo que el amor no es eterno) cada uno va por su lado. Se deja ir libre. El amor o termina o se va. Y no pasa nada. Hay que dejar ir aquello que quiere marchar. Si algo he aprendido en esta vida es que no estamos hechos para forzar la interminable batalla que a veces se da entre nuestra mente y nuestro corazón. Al final el corazón saldrá ganando, porque la mente puede ser domada, amaestrada, enseñada, pero el corazón no, el corazón es un órgano (físico y espiritual) de fuego y el fuego siempre queda, es indomable… aunque sean las cenizas.

 

“Recorremos un camino cuya único destino es poder decir al final; Sí, yo sentí. Y sentí de verdad.”

 

Si me permito desvaríos poéticos es simplemente porque no niego tampoco una parte mágica del amor, de nuestras relaciones, esa parte emocional que nos impulsa a querer empezar (algo) de nuevo una y otra vez, por mucho que nos neguemos a entender que nosotros, nuestra generación, no cree ya ni en príncipes azules ni en princesas rosas. ¡Y yo que me alegro!

 

 

Los que ya hemos aceptado que iremos de relación en relación, disfrutando sin más, aprendiendo sin más, gozando sin más, sufriendo sin más, riendo sin más. Somos “agredidos” por dos tipos de personas; aquellos que han entendido lo mismo que nosotros pero no se atreven a vivir lo que vivimos nosotros y aquellos otros que amparados en una supuesta normalidad ancestral ven en nuestra “carrera e historial amoroso” una firme y peligrosa amenaza a su sistema de vida.

A los primeros les animo a entender que la realidad es finita. Que todo termina igual que todo empieza. Que comprendiendo este principio los prejuicios vuelan, el alma se libera, la mente está dispuesta a jugar y sobre todo a dejarse seducir por otras mentes.

 

 

 

A los segundos les animo a no meterse en vida ajena, a no juzgar, a no mirarnos con pena cada vez que asistimos a sus cenas y nos dicen “y tú ¿para cuándo la boda y el niño?”. Como si una boda y un niño fuesen el signo irrevocable, único y sincero de que una bonita historia de amor se ha establecido entre dos personas. Confundimos amor romántico con familia y a veces, las dos cosas, no vienen de la mano ni son sinónimos.

 

He empezado diciendo en el artículo que nuestra generación no ama. Claro que ama, pero a nuestra manera. Después he seguido diciendo que nuestra generación desea. Siempre me ha gustado la palabra DESEAR porque no es TENER, no es PEDIR, no es RETENER, no es POSEER. Los deseos (DESEAR) son únicos, inabarcables a veces, secretos, mágicos, cambiantes y en la mayoría de los casos sinceros.

 

No tengáis miedo a desear. No tengáis miedo a empezar algo sabiendo que puede terminar. Amad y desead sabiendo que recorremos un camino cuya único destino es poder decir al final; Sí, yo sentí. Y sentí de verdad.

 

Y por supuesto hablemos menos del amor y hagamos más el amor. Siempre. A todas horas. Hasta caer desfallecidos.

 

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