Conociendo a jóvenes poetas: Jorge Villalobos y La ceniza de tu nombre

Fotografía por Ana Alarcón

Jorge Villalobos es un jóven ni más ni menos que de 22 años que desde pequeño le fascinaron todas las artes, la filosofía y sobre todo la poesía. Esta última la convirtió en pasión desde muy temprana edad, publicando su primer libro en 2014 (a la edad de 18 años), el cual salió a la luz como recompensa por haber obtenido el II Premio Cero de Poesía Joven Los Lunes de El Pimpi, un año antes. Es, por lo tanto, una joven promesa que lleva ya publicados tres libros en los que demuestra que la generación millenial va más allá de los tópicos de lo superficial y realmente se atreve a realizar un profundo análisis de su interior y conocer qué está pasando ahí, dónde duele, sin miedo a errar en la vida, tal y como expresa en su último libro: “Estudio y trabajo duro, porque el fracaso también hay que merecerlo”. Porque es un honor insertarnos y conocer la mente de este poeta y también, y no menos importante, por la publicación de su tercer libro.

Le entrevistamos:

 

  • Tras tres años sin publicar, ahora ha salido La ceniza de tu nombre con Valparaíso Ediciones, la editorial más codiciada entre los poetas jóvenes en estos últimos años. ¿Cómo te sientes? Ha sido un buen salto, ¿no?

La verdad que sí, ha sido un gran salto. Publicar un libro con Valparaíso, ver que una editorial tan potente confía en ti, es todo un subidón de ánimo, de confianza. Cuando me llamó el editor, Javier, para decirme que quería publicar el libro me sentí en una irrealidad, había cumplido mi expectativa. Y, bueno, ya cuando ves el libro en físico, esa sensación se hace imborrable, más si cabe cuando, en mi caso, salía en la feria del libro de Granada y estuve presente cuando hicieron el último corte, y eso fue una de mis mejores experiencias.

 

  • Sobre el libro, tratas sobre la pérdida de la madre, la pérdida de la infancia, el desengaño del dolor. Sobre todo, en la primera sección, ¿cómo fue el proceso de escribirlo?

El motivo que me llevó a escribirlo no fue nada fácil. Aunque el libro empieza con la muerte de mi madre, fue por mi vigésimo cumpleaños. En 2015, al cumplir veinte años, me di cuenta que la vida idealizada de pequeño a la de ese día, el día de mi cumpleaños, eran totalmente opuestas, por desgracia. Me vi en una desolación terrible, en esa soledad sin escapatoria. Veía el presente y el futuro muy desganado. Entonces, al ser 10 de junio, empecé a hacer inventario de esos años. Tardé más de diez años en crear el libro (desde la muerte de mi madre), y dos años en escribirlo. En esa miseria en donde me veía empezó  La ceniza de tu nombre, fue una resurrección para mí.

 

 

  • Y lo dividiste en dos “libros” o dos partes muy diferenciadas, ¿por qué?

Pues el motivo fue porque lo escribí en dos épocas. Era 10 de junio cuando lo comencé y prácticamente estuve encerrado ese verano, tres meses, escribiendo lo que sería ese Libro primero, donde dejé manar todo el desgarro. Tal y como estaban las cosas ese verano, era lo mejor que podía hacer. Tras escribir más de mil versos, ya corregidos fueron ochocientos, hice una criba mayor. Lo di por finalizado en algo más de quinientos versos, el motivo es que prescindí de poemas donde creía que el dolor no ese abría, se hacía universal; el dolor, si no supera la circunstancia, si no se universaliza, no deja de ser un diario, algo anecdótico. El Libro segundo fue, asentado todo ese desgarro con cariño, además de un lapso de varios meses donde necesitaba descansar de él —en ese tempo pulí otro libro, Donde nace el invierno, el cual inicié en 2014 y detuve para dedicarme a éste—, esta segunda parte me llevó un año entero, enfocado a la serenidad. Esta parte también tuvo un total de setecientos, ochocientos versos, aunque a diferencia de la primera se redujo más, siendo más de trescientos versos. El dolor es lo único que nunca desaparece, uno puede acostumbrarse a él, convivirlo, incluso hacer que no existe, pero jamás desaparece. Así fue la finalidad de las dos partes.

 

  • Y ese dolor, ¿es el fondo del libro o hay algo más en esa, diríamos, obsesión casi?

Jajaja Pues  hay un ensayo de Wiltod Gombrovicz, Contra los poetas, que con sus más y sus menos, sabe discernir una verdad a veces ignorada. Más allá de la forma en un poema, superémosla por un momento, de la forma como fin —esta crítica vino a partir del modernismo, centrado en la forma—, ¿qué nos queda del poema?, ¿un fondo sólo? Wiltod decía que nos quedaba el dolor, el dolor universal, el que nos conecta con la realidad, todo nace de ese punto y ahí se encuentra la materia importante, lo que hay que explotar. También, decía Baudelaire eso del dolor como nobleza, o el dolor cristiano de Luis Rosales —yo, en cambio, prefiero un dolor laico—. El dolor, la conmoción, como hilo común, hasta en la poesía social cuando, por ejemplo, dice Blas de Otero “voy a llorar de tanta pierna rota y tanto dolor en los poetas de dieciocho años”. Hasta Henry Miler, con ironía, lo reflejaba en un ensayo sobre cómo le dolía ver esa estantería de clásicos. Vi que el dolor es un camino de regreso, un pasillo hacia quienes hemos perdido. A ellos voy, desde ellos escribo. O, como quien más admiro dijo, José Infante: escribir es un striptease doloroso.

 

  • ¿Te consideras un “poeta del dolor”, podríamos decir?

Más bien, diría, un poeta del desgarro . El dolor es un medio, el canal, para hacer el poema, el desgarro. Que alguien al leerlo le desgarre.

 

  • Entonces, ¿valora más el fondo que la forma?, ¿qué prima para ti más en un poema, en tu libro La ceniza de tu nombre?

Pues primero, antes de uno u otro, hay unos mínimos donde si no se cumplen, con sinceridad y perdón por la expresión, me importa un comino el poema. Los mínimos son en ambas, un poema sin fondo pero con mucha forma va para la basura, y un poema con sólo fondo pero nada de forma le sigue en fila india, sin empujar que no hace falta. Escribir lo que vives o te sucede es un diario, un anecdotario si lo prefieres, pero no poesía. Escribir por el hecho de buscar la belleza, caer en el error de hacer la forma un fin en sí mismo, esclaviza  a demostrar que eres poeta, que sabes oficiar de poeta y hacer metáforas seguidas —¿qué nos importarían las seis mil metáforas de Milton si no hubiese un fondo, una razón de ser en ellas?—, eso tampoco. Un extremo es ñoñerismo; el otro, poetiquismo. Entonces, ahora sí, a elegir. Si el fondo del poema es un tópico literario o no representa un intimismo propio, original, está claro que me importa la forma; si me hablas de amor, no me digas que estás enamorado o te han roto el corazón, sino que hazme ver por qué la forma en que lo dices vale la pena, dónde está esa brillantez, esa brutalidad estética en lo que tenemos en común. En el otro aspecto, igual, si es un intimismo desgarrador, brutal, por ejemplo, o un aspecto social atípico, hazme vivirlo, no me lo digas. Hay versos originales y versos buenos, el problema es que, pocas veces, coinciden. Mi exigencia gira en torno a cuánto recogen de ambos.  Un verso original que es malo, o un verso bueno que está hueco, no hay nada dentro de esa cáscara; ambos, a la basura. Lo exijo en los demás porque yo soy el primero a quien lo exijo. Si mis versos son malos, pues van —y con orgullo— a la basura, en fila india.

 

  • Pues enlazando esto con qué te parece el panorama, ¿cómo lo ves? Y, sobre todo, ¿por qué tu libro aporta algo a ese panorama?

A lo último, que es más breve, lo que aporta no es nada nuevo en sí, no creo a estas alturas en las innovaciones, lo veo con el escepticismo de quien mira lo que ha venido desde hace más de un siglo a nuestros días; lo que aporta La ceniza de tu nombre es la superación de ese desgarro, convivirlo, ser capaz de, tras morir una madre por cáncer, perder a un ser querido por cáncer, sufrir un Guillain Barré y casi morir de él, tras no aceptarte a ti mismo, tras lo vivido seguir caminando con la inocencia intacta, sin victimismos ni grandilocuencias, capaz de decir “hoy soy feliz”. A lo segundo, muy abundante, no sé si demasiado. Si viera que no tengo nada que decir, que sólo aporto morralla, sería el primero en quitarme de esto, tanto por respeto a mí como a los demás como por no malgastar el tiempo. He visto, y veo, de todo. Gente que escribe orgullosa de no haber leído porque no lo necesita, porque no le gusta leer sino escribir, ¿el qué? Eso es lo que me quema. Luego están los que sí tienen algo que decir y, te lo aseguro, de una forma brillante. Otro aspecto del panorama es que se olvida a grandes poetas. Veo el panorama con escepticismo, esperando a que el tiempo clarifique un poco todo. El siglo XX fue el de las innovaciones, el XXI es el del desarrollo de esas innovaciones. Por eso, cuando veo poetas diciendo “he inventado x”; en cambio, sí creo en, por ejemplo, mi amigo Ángelo Néstore, gran poeta y reciente Premio Hiperión; escribir en femenino siendo hombre o viceversa no es nada nuevo, no es una innovación pero, en cambio, desarrollar toda una poética sobre el transgénero, la teoría Queer, desarrollar toda una visión con muchos matices desde esa perspectiva es lo que hace de Ángelo Néstore el primer poeta transgénero; no es un lunar sino haber hecho la carne de la poesía a esa imagen. Escribir desde el dolor no es —para nada— algo nuevo; por eso, desarrollo y aplico, con su base, el hacer de mi poesía una poesía del desgarro.

 

Jorge Villalobos

 

  • ¿Crees que lo has conseguido en este libro?

Pues, sinceramente, tanto en Donde nace el invierno y La ceniza de tu nombre se va pincelando esta visión que llevo unos tres años en ella. En La ceniza de tu nombre, sobre todo en Libro primero, sí se consigue más, está la base necesaria. En los inéditos que esto haciendo ahora sí está más pleno esa visión —es más, probablemente se titule El desgarro, pero para terminarlo le falta mínimo un par de años—, en ellos sí se puede diferenciar, digamos, lo que es un poema escrito desde el dolor y lo que es un poema del desgarro. Una de las piezas que me faltaba lo aprendí y descubrí en Javier Fernández y su libro Canal, es una joya. Lo que sí, para entender lo próximo, es crucial este libro. Por hacer un símil, para entender La destrucción o el amor de Aleixandre, antes está Espada como labios.

 

Hasta aquí la entrevista de este gran y jóven poeta Jorge Villalobos, no sin antes acabar con su más apreciado poema, Elegía a Carolina Portalés, su madre.

Si pudiera olvidarte,

pronunciar las cenizas de tu nombre y no arderme;

hoy, que aún esta lágrima se escribe con tu lágrima,

no me queda otro oficio que andar tropezando con tu 

     ausencia,

y olvidar si es la piedra el camino.

 

Y mírame, volviendo a la rutina,

al tedio del estudio, a esta monotonía indiferente,

y al engaño de quien busca en un verso lo mismo

   que en la vida:

pero entonces me faltas,

como la sangre al corazón herido, o la voz al poema.

 

Así se fue haciendo el niño en hombre, 

conforme a la verdad en tu recuerdo:

lo único eterno es nuestra inexistencia,

la eternidad del polvo.

 

Un hijo sin su madre no es un hijo. 

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