CLÁSICOS DE HOY: ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN

Antonio Jiménez Millán

Subo las escaleras de la Facultad, entro en su despacho. Catedrático de Literaturas Románicas, poeta consagrado, nacido en la ciudad de la poesía, en Granada, con siete libros de poemas, premios, reconocimientos, reconocido hasta en las lecturas de ex-presidentes (esos son ya otros lares). Y abro la puerta como quien abre su emoción por saber quién está allí: Antonio Jiménez Millán.  Hoy hablamos con él sobre su reciente libro, Ciudades (Renacimiento, 2017), antología que reúne una muy exigente selección de su poesía. Además, acaba de salir otra antología, 25 poemas, en Fundación Málaga.

 

—Antes de hablar más en profundidad, la antología ha recibido una gran acogida en redes sociales (Facebook, Twitter, revistas digitales, etc.) y, en especial, la crítica en menos de dos meses. ¿Cómo te sientes ante este éxito?

Bastante sorprendido, la verdad. Está teniendo más repercusión en reseñas críticas que ningún libro mío anterior, incluso que Clandestinidad. Diez reseñas en apenas dos meses y, además, me consta de otras que se están haciendo. Así que muy sorprendido, por supuesto.

 

—Respecto a las reseñas, querría destacar, por un lado, Jesús Aguado cuando los describe como «poema habitable»; y, en otro, el poema de Atocha, en Twitter por el movimiento «No olvidamos». ¿Cómo ves esa conjunción de la parte íntima que destaca Aguado y ese otro aspecto como lo acontecido en el 2004?

Sí, las dos conviven. Efectivamente, en Ciudades puedes encontrar poemas de un sentido y el otro porque la historia común y la política no se puede separar de la historia privada. Esos poemas, en verdad, los escribí por encargo. EL 11 de marzo de 2004 hubo un movimiento muy serio.  Se editaron, si no me equivoco, dos antologías en donde me pidieron colaborar, escribí un par de poemas que retoqué mucho a lo largo del tiempo porque temo los poemas circunstanciales y, también, el suceso, que fue terrible.  Cuando salen en Clandestinidad son ya poemas muy retocados.  Que ahora se compartan, trece años después, me gusta porque son poemas justamente contra el olvido. Por ejemplo, el poema de la estación de atocha empieza justo con esa frase de «no olvides las mentiras», las de aquel entonces. Las dos líneas conviven, una intimista y otra a lo colectivo.

 

 

Antonio Jiménez Millán

 

 

—En la poesía se hace un reduccionismo injusto de lo descriptivo frente a lo íntimo; en cambio, en tu poesía, se puede ver cómo es  Antonio Jiménez Millán, se escribe sobre lo sucedido y no en una mera descripción.

Sí, ese aspecto me parece muy interesante. La referencia a los hechos colectivos siempre tiene un riesgo, el de la moralina, cuando alguien pretende hablar en nombre de los demás. Por eso, creo válida la de hablar desde la personal, uno es testigo de muchísimos acontecimientos, me interesa hacer constar que hablo desde mi propia subjetividad, de cómo he vivido yo ese momento; desde mi memoria también, que puede deformarlo evidentemente. Pero siempre es necesario no olvidar desde dónde se escribe y evitar la arenga. Es algo que me quema mucho. Además, tenemos grandes maestros sobre eso en los cincuenta, desde un realismo crítico como Ángel González, frente a la anterior que son más mesiánicos en Blas de Otero o en Celaya, esa primera generación de posguerra que se va corrigiendo luego.

 

 

—Sobre las correcciones, me gustaría tratar ese aspecto que en Ciudades, ya destaca Luis García Montero, ese poeta extranjero en su ciudad, que va a su ciudad natal y se hospeda en un hotel. ¿Cómo has visto cuando vuelves a tu ciudad, a tu poesía, el paso del tiempo?, ¿ha habido muchas correcciones?

Bueno, ahí encontramos dos aspectos. El poema Hotel Ladrón de agua, una situación muy particular que te reserven un hotel en tu ciudad natal al lado, además, a un paseo que hacía yo mucho de joven como es la Alhambra; entonces, verte en esa situación, pues produce eso que digo al final del poema, ese ausente que nunca terminó de marcharse, estar en Granada y al mismo tiempo no. Llevo más de cuarenta años viviendo fuera, aquí en Málaga. Pero, claro, no es sólo que no reniegue de esas raíces sino las reivindico; esto lo decía muy Balter Benjamin, no se puede olvidar jamás la ciudad en que has nacido, has sido niño y adolescente. En cuanto a las correcciones, por lo pronto en Ciudades elimino mis dos primeros libros, me parecen muy incompletos, defectuosos y cuando se selecciona hay que ser muy exigente. En libros posteriores, a partir de los ochenta, hay poemas que me llaman la atención, pero en cuanto a cómo los escribí me parecen aún defectuosos, con imprecisiones, así que esos sí los cogí a fondo. Ahora, hay que tener en cuenta que no todos se dejan reescribir, que cuando los abordas se te sale una cosa completamente nueva. Al principio, eso me sucedió con Restos de neibla, están totalmente reescritos. También con Ventanas sobre el bosque. Pero en los inéditos hay uno que es el espía, el cual es uno nuevo del poema vouyeur de Restos de niebla y, claro, ya no es corregir sino reescribir una cosa distinta. Esa es un poco la idea de corrección.

 

 

—¿Y podríamos decir emocional? Rescatas uno de una noche en Granada, Nocturno, el cual tiene un final que me encanta «hoy vengo en son de paz».

Esos poemas los empecé a escribir en torno al dos mil trece y catorce, ese es del quince y, sí, ahí hay un desdoblamiento curioso que se ve en 12 de septiembre, es como esa parte que tiende a la conformidad, a la resignación, que incluso te hace apartar la vista ante las noticias de la televisión, esa parte del conformismo te avisa que ya no tienes edad, que no te pases, aunque tu instinto siempre tira hacia el otro lado, a esa vieja costumbre de cerrar bares.

Antonio Jiménez Millán

 

 

—¿Como en el poema de Contra Jaime Gil de Biedma, ese desdoblamiento?

Sí, ahí vemos un desdoblamiento, pero anterior es ya en, por ejemplo, Albada, el de la sensatez frente al placer. En mí caso lo puede haber en la edad frente a la temeridad. También hay un poema que se llama Luna que habla de eso, “un rastro de inconsciencia y temeridad”. Creo que la poesía puede ser en ese sentido una forma de protesta contra la resignación.

 

 

—Y en eso uno crece, conoce a más gente donde compañeros de generación se van y otros se quedan; luego, otros se incorporan. Si ese Antonio joven hablase con el de hoy, ¿qué crees que se diría?

Curiosa pregunta. Pues mira, creo que en la supresión de esos dos primeros libros míos está en parte la respuesta, el poeta maduro no es que olvide pero es una forma de decir «escribe pero de otra manera», ¿no?, con veintiuno se escribe como se puede. Uno madura con el paso del tiempo. Y sobre ese desdoblamiento, Clandestinidad tiene un poco de eso.

 

 

—Sobre Ciudades, por la resonancia que está teniendo, hay algo que me gusta y es que no creo en las etiquetas y nunca has abanderado ni dejado que te etiqueten ni querido abanderar ningún tipo de maestría, aunque luego sean muchos los jóvenes que te reivindiquen.

En ese sentido, yo desconfío de las etiquetas, no me gusta. A mí siempre me han etiquetado con la otra sentimentalidad donde, aunque muchos amigos lo firmaran, yo nunca firmé ningún manifiesto. Luego vino de fura, en especial de los noventa con la “poesía de la diferencia” donde nos acribillaban. Yo como poeta escribo como puedo y lo mejor que puedo, nunca he querido que me etiqueten ni me tomen de maestro ni nada parecido; luego, es verdad, que muchos jóvenes han reivindicado mis libros y eso se agradece.

 

 

—Hay quienes abanderan y no enseñan nada y, luego, quienes no y enseñan mucho. Tú has tenido relación con grandes maestros Como Biedma o Borges.

Ese “no soy joven y no sé si alguna vez he sido poeta” de Borges tanto a Luis como a mí, claro, nos dejó desconcertados. Pero lo curioso es cuando lees anécdotas sobre él, ves cómo siempre buscó quitarle importancia a su obra; entonces, no es tan extraña su respuesta, donde destaca que es ante todo lector. También lo tomas de un modo relativo y, al final, le da algo más de importancia a su obra de la que dice.

 

 

—Totalmente. Otro aspecto es el “distanciamiento”, ¿lo aprendiste de Biedma?

No, ahí hay un doble distanciamiento. Primero como persona tímida y luego ese, el de Biedma o el de Ángel González o Bonald. A mí siempre me ha costado tener un acercamiento. Luego está el distanciamiento literario, Biedma es un ejemplo pero no el único, está el de Brech o el de Passolini. Soy un poeta sobre todo de la memoria y sí, en eso Jaime es un buen ejemplo, él comentaba que huía de escribir un poema en caliente. Es un distanciamiento necesario.

 

 

—En ti por ejemplo ese conocimiento, esa cultura, que se ve interiorizada pero siendo accesible, en comparación a estas generaciones, los “hijos más jóvenes”.

Si, frente a mis primeros libros que veo más ingenuos, torpes, veo un desconocimiento relativo de la tradición, uno de joven no ha leído tanto, además de un desconocimiento voluntario por lo espontáneo. Uno debe conocer esa cultura, ese conocimiento, porque es un grano de arena lo que se aporta, pero, claro, ese aporte sobrecargado de citas, de muestras, donde se pierde el sentido, pues en eso hay una distancia, mi generación y yo nos distanciamos frente a veces ese collage de citas. Hay que saber dominarlo muy bien para que no se note, que se adecue, en eso la generación de los cincuenta son unos maestros, donde nos distanciamos de esa generación novísima.

 

 

—AL ser Ciudades una recopilación, es también de la evolución de tu voz. Distinta a toda etiqueta, lleva acabo su propio camino.

En Poemas del desempleo es donde quizá fijo más mi voz, pero es un libro con muchos defectos, aunque con una orientación más clara. Eso se va perfilando ya con Ventanas frente al bosque y sobre todo con Casa invadida, de los noventa, de principios, donde me siento más conforme. La selección que hago en Ciudades es progresiva donde hay más del final porque es donde más me identifico también.

 

 

—Un poema inédito que me interesa es el soneto de la feria.

Ah, ese es un poema muy de circunstancia, como otro a mi hija, o los más satíricos, esos son difíciles de encajar y suelen entrar en “otros poemas”.

 

 

—Y sobre inéditos la antología de Fundación Málaga.

Sí, es una antología pero mucho más estricta, solo veinticinco poemas. Una colección que dirige Juvenal Soto y donde he tenido que hacer la selección de la selección. Una nueva con muchas inéditos, aunque al lado de Ciudades que lleva apenas dos meses.

 

 

–¿Qué le puedes pedir más al año?

Pues ahora mismo eso, seguir escribiendo. Tengo entre manos un próximo libro, llevo algo más de veinte poemas. Como destaca bien Luis, soy un poeta lento.

 

 

—Y para terminar, sobre poetas jóvenes, como gran conocedor que eres. Primero en cómo lo estás viendo y, en otro, el “fenómeno”.

El “fenómeno”, creado en las redes sociales y relacionado con la música, otro mundo con otro alcance mayor y otras reglas. Luego las redes, donde dan muchas difusiones. He leído a Marwan, La triste historia de tu cuerpo sobre el mío y, bueno, está bien, me recuerda a esa ingenuidad de mis veinte años de primeros comienzos. Pienso que no hay que despreciar a esa otra forma de llegar a la gente. También a Elvira Sastre que, si Marwan es músico, ella se apoyaba en su pareja, Adriana. Veo esos fallos de juventud, esa tendencia a un pesimismo existencial cuando uno tiene veintitrés años, esos tics que se pueden ver ya con la edad, de qué mal me va en el amor y tal. Soy muy optimista porque la poesía española es el conjunto de una diversidad donde coexisten diversas posibilidades y todas buenas; ahí, lo que fastidia, es cuando aparece el típico santón a criticar a los demás, o en otro extremo el típico joven que, cree, que descubre el mediterráneo, aunque es más perdonable cuando eres joven.

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