Algo se ha movido. Debate y poesía joven

No hace mucho, en la segunda mitad de siglo XX, en esos momentos un joven poeta llamado José Infante junto a otros amigos artistas luchaba por sacar una revista titulada Algo se ha movido, que era un verso del poeta Vicente Aleixandre. Debido a la censura, por un prejuicio concebido hacia el título, no salió a la luz ni el primer número que contaba con una carta de apoyo por el propio premio nobel. Hoy en día, las cosas han cambiado, pero es cierto que todavía -y por desgracia- los prejuicios, las ideas preconcebidas, pueden jugar un especie de censura, a veces propia o desde terceros, dándose lugar a rectificar lo dicho o, incluso, a mejor no haber expresado nada. 

Este comienzo de 2017 no podía ser más desalentador. Desde la presidencia estadounidense hasta la muerte de figuras de la Cultura, como por ejemplo, Zygmunt Bauman o Jose Ignacio Montoto. Pero también ha venido cargado de polémica, ¿sobre qué?: la poesía -o no- joven -o no tanto-. Este año pasado, se recogía en un volumen titulado La palabra heredada en el tiempo. Tendencias y estéticas en la poesía española contemporánea (1980-2015), donde reflejaba muy bien la evolución de la poesía, hasta la más reciente en nuestros tiempos; todos hablaban, es decir, los novísimos, la generación del 68, la poesía de la experiencia, la poesía de la diferencia, el sensismo, la social, el silencio, realismo sucio, poesía de la fusión, la poesía ante la incertidumbre o el fragmentalismo, la transfronteriza, humanismo solidario… Además, han sido muchas las antologías en estos cinco años -y anteriores- buscando el reflejo más certero posible a ese panorama ecléctico o una porción de ella. En otras palabras, algo está pasando en el panorama poético actual, algo se ha movido.

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Y hablo sobre estos comicios de enero, tras la primera quincena del mes y el año que aún nos espera, por los recientes comentarios y artículos sobre la poesía joven. Las redes, tal se destacaba en uno de los capítulos del volumen mencionado, han jugado un papel incuestionable; en esas mismas redes, las sociales, Antonio Rivero Taravillo comentaba un treinta y uno de diciembre sobre el ABC Cultural de los más vendidos en poesía “La poesía está en otra parte […], ningún poeta”. A raíz de esa rotunda afirmación han surgido muchos artículos sobre la polémica, ¿de cuál?, se tratará ahora. Antes, teniendo en cuenta que justo el año en que sale esa lista, Constantino Molina Monteagudo gana el Premio Nacional de Poesía Joven con su hermoso libro Las ramas del azar (Rialp, 2015), premio Adonáis, además de publicar su segundo libro Silbando un eco extraño (Hiperión, 2016), premio «Valencia» Institució Alfons el Magnànim; Juan Cobos Wilkins, El mundo se derrumba y tú escribes poemas (Fundación Lara, 2016); José Infante, Elegía y meditaciones (Vitruvio, 2016); o Álvaro García, El ciclo de la evaporación (Pretexto, 2016) donde la editorial celebra su cuadragésimo año; y muchos más libros que trascienden ya en la historia de la poesía española. Al lado contrario de esta poesía, el ABC Cultural. Ningún poeta, ¿a quiénes se refiere?: a quienes tras tener un público en las redes sociales, blogs u otros campos artísticos como la música han publicado un libro, llegando a grandes ventas. Dos realidades distintas, forzadas a ser una. He aquí la polémica, he aquí quienes han querido alzar su voz para analizarlo.

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En Oculta- revista literaria-, Diego Álvarez escribía un artículo esclarecedor sobre el asunto, explicando que “hay que anotar una cosa importante en torno al por qué de las desorbitadas ventas, y es que muchas veces se cae en el error de creer que han sido sus poemas y sus libros, gracias a sus características, los que se han ido creando ese público y extendiéndose entre la gente como pólvora, cuando lo que ocurre es lo contrario, ha sido ese público —ya creado, por otros medios— el que se ha encontrado de bruces con esos libros y los ha consumido como un objeto de merchandising más. Quiero decir, primero estaban los cincuenta mil seguidores en Twitter y después apareció el libro. Lejos de ser una ofensiva, es una realidad. “He aquí la polémica” y han sido muchos quienes se han alzado al cuello del poeta cuando líneas después afirma “¿es esto malo? Para mi gusto es todo lo contrario: creo que es maravilloso”, dejando claro que, a su gusto, acepta la existencia de esos autores; los respeta, aunque su predilección se encuentra en “los poetas jóvenes que no salen en las listas“. Análogamente, Unai velasco escribía en Ctxt, otro artículo profundizando más sobre el tema en boca: “el mercado es una máquina perfecta de producción de existencias y convalidación de cualquier tipo de identidad. Mientras logre que sus productos adopten la forma deseada (el aspecto que tiene un poema en el imaginario colectivo, por decir uno al azar), será capaz de legitimar la autenticidad de cualquier bien puesto en circulación. Poco importa si el poema que sale a la venta no está sustentado en un acto de especial elaboración lingüística, poco importa si quienes conocen el medio poético saben perfectamente que no hay honestidad poética en ese poema, lo decisivo es la ductilidad de la identidad en su proceso productivo: frases dispuestas en líneas cortadas (versos), un uso no habitual (metafórico) del lenguaje y una tendencia a la exposición emocional (lírica)”. En un breve reduccionismo, el debate se podría concretar sobre Calidad frente Cantidad.

Algo

Diego Álvarez

Guardemos todavía los cuchillos, por si alguien ya estaba afilando su teclado. El propio Diego Álvarez se ha visto, prácticamente, obligado a puntualizar lo dicho en un segundo. La finalidad, según sus propias palabras, “no era poner el foco en los autores ni en los lectores”, ¿a dónde quería apuntar? “Mi intención era señalar tanto a la crítica y al periodismo cultural como a esos supuestos adalides de la poesía que se dedican, desde su posición de poder, no solo a ignorar a los nuevos valores de la poesía y a ignorar la situación comprometida y difícil en la que se encuentran, sino a alimentar con declaraciones, actos y artículos cada vez más y más la maquinaria del sistema”.Líneas después establece más preciso dónde reside la auténtica polémica, que no es en Calidad frente Cantidad, sino en  diferenciar “que la poesía de este fenómeno es algo completamente diferente a la de los otros poetas, tiene otro público, funciona de otra forma y está en dos universos prácticamente incomunicados artísticamente. Ya que precisamente por eso, el seguir metiendo sistemáticamente en el mismo saco a unos (con tanta fuerza mediática y capital) y a otros (con pocos medios y recursos) está terminando por agostar a estos últimos y a las editoriales”.

Así, en este punto de encuentro común, entender que son dos realidades distintas, queda una pregunta por resolver, ¿cuál realidad?, ¿cómo definirla o calificarla? Ante esta pregunta, el último —al menos, hasta estas líneas— ha sido Fernando Valverde, quien ha sabido definirlo, también en Oculta, con su artículo al decir que «tal vez porque no se trata de poesía a secas, sino de Poesía Juvenil, un género que no había sido explotado y que ahora ha surgido con mucha fuerza. Así como existe la poesía infantil, que no es otra cosa que poesía escrita para el lector infantil, existe una poesía juvenil, que hace estragos entre los jóvenes y que se ha convertido en un gran fenómeno de ventas […]. Estamos ante el nacimiento de un nuevo género, el de la Poesía Juvenil, que no es ni mejor ni peor, tan sólo tiene unos códigos diferentes que no pueden ser analizados desde el punto de vista de la crítica tradicional. Sus autores son poetas, algunos de ellos muy luminosos y con un gran talento, y el tiempo dirá si su poesía madura con ellos o si se queda en ese tono para siempre».

En definitiva, rompiendo una lanza a igual favor de Rivero Taravillo, Diego Álvarez, Unai Velasco, Fernando Valverde y muchos más, como de aquellos escritores a quienes se hayan aludido: en el arte siempre han existido esos universos incomunicados, distintos, adaptados a su público, tal es en la novela, el teatro, la pintura o la música. La polémica reside en intentar encajar, definir esos dos universos en uno, cuando siempre se han aceptado, respetando cada cual su lugar, su público, que no es malo. No podemos aglutinar a Camus o Stefan Zweig con la escritora de Cincuenta sombras de Grey o Blue jeans, por ejemplo, pero se entiende que ambas realidades existan, tengan derecho a existir, sin olvidar nunca que no son lo mismo, son universos diferentes. Forzar esa ósmosis entre antagonismos es inviable ¿catalogaríamos de poesía infantil o juvenil los poemas de Jaime Gil de Biedma?, ¿la poesía infantil de, por ejemplo, Gloria Fuertes, no ha propiciado lectores que, ahora, leen obras más maduras, como a Juan Luis Panero? Esto no quita, sin embargo, que las editoriales publiquen ambas realidades para poder subsistir económicamente, abarcar diversos géneros u otros motivos. No es inviable que una editorial tenga a Camus y a Blue jeans en un catálogo, lo inviable es definirlo como iguales.  El panorama poético actual es muy ecléctico —no solo en el joven—, además de abundante, pero no un recital de trincheras. Y si alguien lo ve así, no me gustan los cuchillos ni afilar teclados, soy más bien de pensar, mientras tomo un café leyendo a Claudio Rodríguez o Antonio Jiménez Millán, que algo se ha movido.

 

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