¿Quién salvará a los millenials?

Nosotros, los llamados millenials, crecimos justo antes de que la pompa estallara, en un mundo donde todo se podía conseguir, donde el dinero hacía a las personas felices y poco era aquel que no lo tenía. Donde trabajo sí había y aunque no tuvieses vocación, siempre estaría el amigo que te lo conseguiría. En ese mundo nos dijeron que no hay nada imposible. Nos prometieron hasta la luna, pero cuando fuimos a por lo que era “nuestro” no quedaba nada.

Y ahora todo es distinto. Siguen diciéndonos que todo es posible con esfuerzo, señalando a tres personas que lo consiguieron y escondiendo a las miles que no lo lograron, olvidando mencionar que arriesgarse no siempre asegura la victoria y que, a veces, tenemos que buscar un plan B. Nos prometen que somos especiales, sin entender que el hecho de que no aprovechemos esa “suerte” nos frustra. Y ahora vivimos rodeados de gente triste o cabreada, o simplemente ensimismada en sus pensamientos, con ganas de salir corriendo o de esconderse en la cama. ¿Cuántos sufren depresión cuando todavía no han llegado ni a la mitad de sus vidas? Demasiado jóvenes para ser tan tristes y demasiado confundidos para entenderlo y ponerle solución.

Sara Herranz

Sara Herranz

Así, siendo personas normales, con diferencias, no asimilamos el mundo de la misma forma. Unos se obsesionan con el trabajo, el único que les hace sentirse útiles, el único que les da algo de esperanza y sobre todo el único que calla sus pensamientos. Otros se obsesionan con la tecnología en forma de redes sociales, videojuegos o cosas superficiales, creando en muchos depresión pero de la misma forma ayudándoles a dejar de pensar. Otros deciden viajar, porque están perdidos y creen que irse les ayudará a encontrarse como una Julia Roberts en Come, reza, ama. Unos cuantos eligen cualquier obsesión y otros, aquellos que son tachados de débiles pero fueron más valientes que el resto al pararse a pensar y preguntarse “¿qué pasaba?”, terminaron quedándose en la cama, esperando algún día poder responder a la pregunta. Y ahora el consumismo nos ahoga, porque nos promete felicidad que se esconde como instantánea y, como predijo Huxley en Un Mundo Feliz, “nos terminamos conformando”.
Un mundo feliz

Como resultado lo único que obtenemos es baja autoestima, porque no cumplimos las expectativas que alguien nos creó; dificultad para relacionarnos, porque creímos que la tecnología hacía más fáciles las cosas y dejamos de entrenarnos para las difíciles; e impaciencia convertida en confusión, porque no dejamos de vivir en un mundo “instantáneo” que no consigue acabar con la crisis, porque vivimos en un mundo “interconectado” que en lugar de empatizar con el de al lado, le tiene miedo o le odia.

 

Sin embargo, aunque las cosas parecen empeorar no puedo evitar ver siempre luz al final del túnel. Por fin empiezan a avisarnos del daño que la tecnología puede hacernos si no sabemos manejarla, al igual que empezaron a avisar a nuestros padres de que el tabaco mataba. Las dificultades nos han hecho innovar y crear trabajo en donde los demás no veían nada. La falta de autoestima o el dolor de este mundo ha despertado a muchos que ahora solo buscan ayudar a los demás, a otros visionarios que quieren cambiar el mundo -conscientes de la dificultad-. Hay quienes reflejan el dolor a través del arte que, abandonado por nuestros políticos, cada vez es más importante para nosotros. Se crean plataformas de trabajo grupal, de coworking, cafeterías solidarias, supermercados que no tiran la comida, espacios de reflexión sobre el feminismo y hasta en la publicidad y el consumo las ideas cambian empezando a verse y apreciarse la diversidad. Todavía nos queda luchar contra muchos males, todavía nos queda poder reconocer cada uno de nosotros qué nos ha pasado pero también, todavía, tenemos esperanza. Al fin y al cabo solo uno puede salvarnos, nosotros mismos.

 

Gracias a Huxley y a Simon Sinek:

 

 

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