¿Qué hay tras la máscara del actor?

Tras la máscara del actor hay una infancia herida. Unos padres que pretendían hacer de su hijo un buen médico o un buen abogado. Un hijo que tuvo que hacer de padre de sus padres. Un niño que no jugaba al fútbol en el patio del colegio. Una niña que jugaba con espadas y soñaba con ser pirata. Unos niños a los que no leían cuentos y por eso tuvieron que inventar sus propias historias.

 

Tras la máscara del actor hay una adolescencia llena de dudas profundas, casi agónicas. ¿Quién soy? ¿Por qué tengo miedo? ¿Por qué el futuro  no puede ser multicolor? ¿Acaso estoy loco? Esta ciudad me asfixia, se me ha quedado pequeña… He de partir lejos, muy lejos.

 

Tras la máscara

 

Tras la máscara del actor hay risas irónicas de otros y consejos no pedidos. Tienes que hacer algo serio. ¿Cuándo te veremos en la tele? Oye, si te haces famoso invita a algo. Pero un actor ¿qué hace? ¿Conoces a algún famoso? Te hincharás a follar ¿no? Fulanito o menganito ya se han comprado un piso y esperan su primer hijo. Claro, es normal… cuando tú te fuiste a Madrid ellos entraron en la facultad o empezaron a trabajar.

 

Tras la máscara del actor hay un gato. Un gato que nunca muere por la curiosidad. Hay mujeres que prueban a ser hombres, hombres que prueban a ser mujeres, hombres y mujeres que prueban a ser animales, cosas, la nada… Incluso en esa nada se sienten algo. Están obligados a sentir, pues si no sienten se creen muertos en vida. No hay nada más triste que un actor jugando a pensar. Forzado a canalizar lo que siente por medio de palabras que siempre se quedan cortas.

 

Tras la máscara del actor hay mucha decepción. Decepción por el pasado que no se puede arreglar e hizo daño. Decepción por el presente, un presente destinado casi siempre a llamar a otros. Decepción por un futuro que casi nunca será como se imaginó. Así que tras la máscara del actor hay una persona que no vive en el tiempo, solo vive en el espacio.

 

Tras la máscara

 

Tras la máscara del actor hay un miedo horrible a estar solo. Dejar de fingir que se finge estar solo es una necesidad. La soledad mata al actor, igual que la ausencia de aire mata al sonido del músico. Por eso llaman a altas horas de la madruga para explicar que ya han encontrado la respiración del personaje.  Por eso acumulan nombres, números, rostros y encuentros como un entomólogo colecciona insectos.

 

Hay un amor real hacia todas las cosas, hacia todas las personas. Un amor real que puede nacer y morir en un segundo, pero cuya intensidad bien vale por todas las historias de amor “serias y formales” que pueblan este mundo. Es un amor infantil, impulsivo, pasional, irracional… PURO. Hay horas muertas, suspendidas en el techo, colgando de una percha. Guiones arrugados y amarillentos que nunca se hicieron realidad.

 

Proyectos en los que se puso el corazón y el alma pero de los que jamás se volvió a saber nada. Ilusiones que nacen cada vez que suena el teléfono y en la pantalla aparece un número desconocido. En esos pocos segundos, el pensamiento de toda una vida se funde con el pensamiento de ese instante, cuya única palabra es OJALÁ.

 

Habitaciones de hoteles frías, cutres, viejas, absurdas, modernas, tristes, solitarias, divertidas, pasionales… En cada habitación de hotel por la que pasa se deja un poco de sí mismo. En cada cama que durmió, lloró, gozó o rió, el actor dejó su esencia y su recuerdo único e infinito.

 

En definitiva, hay un ser humano que busca encontrar su lugar en el mundo, y ese lugar es la ficción porque el mundo es feo, muy feo y los actores han entendido que la mejor manera de representar esa fealdad es haciéndola dolorosamente bella.

 

 

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