Midburn, el único festival al que verdaderamente debes ir antes de morir

“Larry Harvey y su amigo Jerry James golpean juntos una figura improvisada de madera y la arrastran hasta la playa de Baker en el solsticio de verano. La iluminan y una multitud curiosa se reúne para verla arder. En 1986 el primer hombre arde en una playa de San Francisco”. Y aquí empieza la historia de un festival enigmático, que poco se parece a lo que estamos acostumbrados, en palabras de la página oficial de Burning Man, origen del Midburn. Todo empezó cuando Jerry y Larry comenzaron lo que hoy en nuestro país conocemos más por la festividad pagana de San Juan, donde se creía que con el fuego se le daba fuerzas a la luz que empezaba a decaer en el solsticio. Esta iniciativa de Larry y Jerry se deformó en un grandioso evento conocido como Burning Man, que se alimentó de la participación de curiosos, atraídos por la inquietante luz del fuego. Ahora se ha convertido en un festival de siete días realizado en la ciudad de  Black Rock, Nevada (Estados Unidos). En medio del desierto se crea un inmenso campamento lleno de expresión, creatividad y un efecto catártico hasta para el más escéptico.

 

 

Siendo el Burning Man una joya, lo cierto es que su seguidor, el festival Midburn, ha llegado más tarde pero al mismo nivel. En este caso asistimos cinco días a una ciudad creada en medio del desierto de Negev, Israel. En su página aseguran que “de hecho, es más una ciudad que un festival, donde casi todo lo que sucede es creado enteramente por sus ciudadanos, que son participantes activos en el evento”. Y es que es esto lo más especial de este festival, que se crea con cientos de creaciones individuales de sus asistentes. Unos celebran la Navidad vestidos de Papá Noel, otros prefieren ser por una vez libres al desnudo, otros son policías, personajes de otras épocas o simplemente, ellos mismos. Todos dejan de lado la individualidad de la sociedad actual para convertirse en una verdadera comunidad por cinco días, compartiendo y disfrutando de todas las creaciones inimaginables en un desierto.

 

Midburn

Abir Sultán (EFE)

 

Una bolera, una tirolina, una canasta, una habitación llena de osos de peluche de dos metros o redes geométricas de luces, y lo mejor, diversas figuras de maderas que se queman la última noche, protagonizando la escena la efigie de alas que crea un espectáculo de luz en medio de la oscuridad desértica. “Un barco pirata inmenso surca la arena agitando sus velas, mientras medio centenar de personas bailan agarradas a sus mástiles y lanzando doblones de oro rellenos de chocolate. Se cruza un vehículo mutante de Blade Runner y un señor con una carretilla reparte helado sin marca. Hay zonas de niños, de lesbianas, sadomasoquistas y bibliotecas”, nos cuenta Bárbara Ayuso, quien ha vivido todo el recorrido del festival, en un grandioso artículo para Jot Down (Nº24). Una vez acaba el festival, los asistentes se disponen a trabajar todos para no dejar rastro de su marca, recogiendo y limpiando todo lo creado, ejemplo de la comunidad creada. 

 

“Un barco pirata inmenso surca la arena agitando sus velas, mientras medio centenar de personas bailan agarradas a sus mástiles y lanzando doblones de oro rellenos de chocolate”.

 

Lo cierto es que algunos critican esta locura de electrónica, sexo libre y sinrazón pero todos los que han ido han visto el mundo de forma distinta. Lo catalogan como una experiencia mística que te ayuda a identificar quien eres cuando sientes que ya nadie te mira. Definitivamente el Midburn no es un simple festival de música, sino un festival de cultura, arte, llegando a rozar el experimento sociológico donde todo es de todos, y “tú” te conviertes en “nadie”. Y es que este, a diferencia de los festivales a los que estamos acostumbrados, es un evento de creación y no de consumo.

 

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